“¿Servicio de habitaciones? Súbame al cuentacuentos
Mayo 21, 2008

Autor: Paolo Fava
El Hotel Andaz de Londres es único en el mundo por el servicio de habitaciones que presta: nada más ni nada menos que la posibilidad de enviar un cuentacuentos al huésped para que le lea antes de dormir. El escritor y periodista Damian Barr es el encargado de ejercer de ‘lector residente’, como él mismo se denomina. Cualquier cliente del hotel puede tener a Barr durante una hora para escuchar cómo le relata o discutir de literatura con él. Si la situación le resulta violenta, no hay problema, el servicio también se presta por teléfono.
Barr explica que la idea de ejercer de ‘lector residente’ se le ocurrió al encontrarse un día en un viaje de trabajo en el extranjero y descubrir que se había olvidado sus libros. Estaba desesperado por leer mis libros y pensé que mucha gente que lee libros podría estar en una situación similar a la mía. Más que un negocio, Barr considera su oficio como una manera de fomentar la lectura y de paso mitigar la soledad en la que se encuentra frecuentemente el viajero de paso.
Creo que el que alguien te lea es una experiencia íntima que, si estás en un viaje de negocios o estás lejos de casa y solo, te da un poco de contacto cercano con otro ser humano
Eso sí, las situaciones comprometidas pueden producirse y hay un límite que Barr no permite sobrepasar.
No me meteré en la cama con alguien para leerle un libro, yo me siento en una silla. No soy un prostituto literario.
Los hoteles y demás lugares de tránsito han sido lugares literarios por derecho propio. Se podría sostener que son indispensables para la literatura. Un extraño llega al palacio de un rey argivo, al castillo de un señor, a la venta de Maritornes, y relata una historia, quizás la suya propia. Esta es la historia más vieja del mundo, la que sigue circulando entre los que son viajeros. Los aviones, móviles y redes telemáticas no cambian esa sensación de soledad y desarraigo que le sorprende a quién duerme lejos de su hogar.
No hace mucho sobreviví a una noche entera en el aeropuerto de un país que pisaba por primera vez gracias a tener conmigo un ejemplar de Rayuela. Resultó una experiencia intensísima, lugar extraño, idioma desconocido, situación precaria, con una obra literaria como única referencia, una lectura desesperada que aún recuerdo con desazón. El oficio de Barr es sorprendentemente humano y tierno al mismo tiempo. Toda literatura es consuelo, pero él además quiere ser la voz amiga que nos acompañe en el camino.
‘Tres tazas de té’, de Greg Mortenson y David O. Relin
Mayo 14, 2008

Autor: Paolo Fava
La historia de Greg Mortenson es una de esas que, por mucho que sepas que son ciertas, resultan difíciles de creer. A principios de los 90 un alpinista americano que regresaba de una ascensión fallida al K2 se encontró perdido en una de las regiones más agrestes y míseras de Pakistán, el Balstistán. Por fortuna encontró una aldea en dónde, a pesar de la pobreza de sus habitantes, se le acogió como un huésped de honor y se le salvó la vida.
Agradecido, Mortenson pasó una temporada en el poblado balti de Korphe conociendo sus costumbres y necesidades, y le causó particular impresión el que los niños no tuevieran escuelas ni profesores, haciendo los deberes en campo abierto. Mortenson, sin dinero, apoyos, influencia y completamente sólo, prometió dotar a la aldea de una escuela.
Mortenson no sólo consiguió contruir la escuela sino que se terminó encontrando al frente de una organización benéfica que promueve la escolarización (en particular la femenina), el desarrollo sanitario y el económico de una de las regiones más pobres del mundo. Todo ello conseguido por un americano sólo en el turbulento Oriente Medio de después del 11-S.
El libro escrito por David Oliver Relin sobre la gesta de Mortenson tiene una doble intención. La primera es la evidente, dar a conocer al personaje y su fantástica peripecia vital. Sin tapujo alguno Relin confiesan que se ha dejado “fascinar” por Mortenson y leyendo el libro es difícil no terminar haciéndolo.
En honor a la objetividad y para no caer en la hagiografía, Relin dice haber dado voz a los “enemigos”, o por lo menos detractores, de Mortenson. Pero realmente en ningún momento encontramos la “otra cara” que las historias reales suelen tener. Y esto es, muy probablemente, porque no la hay. Relin hace un retrato tan redondo del afán sencillo, voluntarioso y entregado de este hombre que no se aprecian ambigüedades ni dobles raseros. No es tan difícil admitir, después de todo, que hay seres excepcionales en este mundo.
La segunda intención es la política. Lo que empezó siendo una obra altruista se convirtió en la “guerra contra el terror” de un sólo hombre al advertir que otros estaban construyendo otras escuelas: las madrasas fundadas con dinero saudí en las que se forma el pensamiento fundamentalista y jiahidista.
Greg llevó a América el mensaje de que la educación y el desarrollo eran la verdadera guerra contra el terror, que con una escuela en cada pueblo fuera de la órbita fundamentalista los talibanes desaparecerían en una generación. En los Estados Unidos bajo estado de shock tras el 11-S, decir en voz alta que no todos los musulmanes son malvados le valió insultos y amenazas de muerte. Siete años después, Mortenson puede decir que ha llegado al corazón de América: el éxito tanto de su fundación como de este libro así lo prueban.
El trabajo de Relin como narrador es en general correcto. Es capaz de anticiparse a la extrañeza del lector ante los acontecimientos extraños y sorprendentes que se van a suceder, por muy reales que fueran. Mortenson irá haciendo extraños aliados tanto en Pakistán como en Estados Unidos, y las aventuras de su vida pasan por la tensión de ser secuestrado por talibanes al humor un tanto negro de ser secuestrado por una ancianita americana solitaria que le atrae con la promesa de una cuantiosa donación.
Eso no evita sin embargo digresiones que no se acaban de justificar, como por ejemplo el tiempo dedicado al primer fracaso de Mortenson en formar una familia en EE.UU. (por otro lado predecible en un hombre que pasa su vida en la otra punta del mundo). Relin dedica tiempo a que conozcamos al personaje y su entorno familiar, a demostrarnos los sacrificios que ha tenido que hacer, pero no tienen desde luego el mismo valor ni la riqueza que el núcleo de la historia, el trabajo de Mortenson por escolarizar a los niños más pobres del mundo.
Tres tazas de té es una lectura gustosa y agradecida, una visión optimista pero no edulcorada de los conflictos contemporáneos y lo mucho que puede conseguir el valor, la filantropía y un poco de sentido común. Se le podría reprochar que su moraleja política es algo simplista, pero mientras sigamos escuchándo eslóganes del tipo “mátalos a todos y que Alá escoja a los buenos” habrá que combatir al simplismo mentiroso con demostraciones simples