Autor: Luisfer Romero

Haruki Murakami (1949-) es un escritor japonés que llegó a mi vida con ‘Tokio Blues’, y que ha seguido maravillándome a lo largo de varias obras con un estilo único y unos temas personalísimos. Ahora viene ‘After Dark’, su última novela, que se publicó en Japón en 2004 y que ahora ha traído Tusquets a nuestro idioma.

‘After Dark’ es, de nuevo, el título (o parte del título, en este caso) de una canción de jazz, y esto es significativo porque ya nos revela que Murakami no se ha arriesgado mucho, no ha querido cambiar de fórmula porque se aferra a lo que le funciona, esto es: personajes jóvenes y perdidos por la ciudad, ambiente nocturno, narración fría y densa, y hasta uno de los detalles más recurrentes de este autor, los gatos.

Mari y Eri son dos hermanas que, sin embargo, son muy diferentes entre sí. Mari no es muy atractiva, está acomplejada por ello y se refugia en un aura intelectual y en una obsesión por si lo que come es nutritivo y no nocivo. Eri, mientras tanto, es bellísima y trabaja de modelo profesional. Este es el leit motiv de ‘After Dark’: la relación entre las hermanas. Tan distintas, y de la misma sangre. Necesitadas una de la otra, y residentes en mundos complementarios. Lo que no es Mari lo es Eri, y viceversa. Ambas añoran un sentimiento mutuo más profundo y sincero.

Cuando Mari está tranquilamente en uno de esos bares pseudo-occidentales que tanto sirven como escenario a Murakami, llega un chico, músico, que dice conocer a su hermana. Esto inicia unas conversaciones de coqueteo realmente prodigiosas, donde él (de nombre Takahashi) no avanza porque está más atraído por Eri, y ella impone unos mecanismos de defensa propios de quien no ha tenido apenas relaciones con el sexo opuesto. Por supuesto, todo está impregnado de continuas referencias literarias y musicales similares a las de otras obras, y que ponen en relieve la elevada cultura general de los personajes murakamianos, con cierto tufillo elitista. Todos hablan como

La trama sigue su paso y aparece el Alphaville, un club de alterne que sirve como tema secundario, en el que se persigue a un hombre que ha maltratado a una de las prostitutas. En este momento la narración casi desaparece y todo está casi guionizado, hasta resultar una presentación mediocre de una historia que no lleva a ninguna parte. Asimismo, las curiosísimas escenas “oníricas” de Eri, que describen a modo de eufemismo su vida de hikikomori (una realidad social en Japón por la que jóvenes jamás salen de su habitación), podrían haber sido ejemplares, pero sólo son un tanto desconcertantes (en el sentido negativo). No deja de ser una reflexión interesante sobre el aislamiento, pero la barrera entre realidad y ficción está demasiado indefinida en estos pasajes.

Los capítulos (cuyo título marca la hora en que tienen lugar) son más cortos en cuanto vamos llegando al final, poniéndonos al día con avidez de lo que le ocurren a los personajes cuyas historias no se han cerrado aún. Al contrario que el resto de obras de Murakami, ‘After Dark’ carece de un mensaje concluyente claro, y tiene un final insatisfactorio y falto de concretitud.

Hay que hablar también del paso de este autor al narrador en tercera persona, con una intención muy ambiciosa pero unos resultados a menudo nefasto. Murakami define este tipo de narrador como especie de narrador oral, un voyeurista, un cronista que emerge como un espectro que lo ve todo pero no puede hacer nada por cambiar las cosas. Choca mucho y frecuentemente suena repelente.

En definitiva, ‘After Dark’ no es una mala novela, pero supone un bajón destacable dentro de la obra de su autor, por el nivel de calidad y contenidos a los que nos tenía acostumbrados, frente a la vaciedad de esta obra que, como en ‘Al sur de la frontera, al oeste del sol’ crea muchas expectativas y se queda en (casi) nada.

Autor: Mireia Long

Hay libros que como amigos eternos, como estrellas fijas que anulan el poder de los cometas, como esos confesores a los que las reinas históricas se dice que acudían en los tiempos tormentosos, y que, como ellos, disuelven las penas y ponen en la justa perspectiva los hechos de la vida. Este, sin duda, es uno de ellos. Las “Meditaciones” de Marco Aurelio.

Marco Aurelio nació en Roma en el año 121. A los 17 años fue adoptado legalmente por Antonino Pio a instancias de Adriano, su antecesor, que había conocido al muchacho quedando impresionado por su inteligencia.

El gobierno de Marco Aurelio marca el final de la Pax Romana. Su temperamento calmo y su fortaleza de espíritu le permitieron mantener la justicia y la seguridad del Imperio pese a la gran cantidad de epidemias y revueltas con las que se encontró.

 

Verás siempre las mismas cosas: personas que se casan, crían hijos, enferman, mueren, hacen la guerra, celebran fiestas, comercian, cultivan la tierra, adulan, son orgullosos, recelan, conspiran, desean que algunos mueran, murmuran contra la situación presente, aman, atesoran, ambicionan los consulados, los poderes reales. Pues bien, la vida de aquéllos ya no existe en ninguna parte.


Este hombre era un estoico y una persona que revela en sus escritos una sencilla aceptación del destino, al que solamente podemos sobrellevar con la autoconfianza que da la serenidad. Su educación, a la que él consideraba deberle todo cuanto era, se la agradece a su bisabuelo que hizo que lo educaran en casa.

 

 

El no haber frecuentado las escuelas públicas y haberme servido de buenos maestros en casa, y el haber comprendido que, para tales fines, es preciso gastar con largueza.

 

Como suelo hacer, dejo que hablen los autores para vuestro deleite. Y espero que esta introducción os mueva a desear conocerlos mejor. Su obra está llena de profundas reflexiones sobre lo fatuo de los honores, lo pasajero de los placeres, el camino recto del perdón y la paz del alma. Todo un deleite para el espíritu y uno más de esos libros clásicos eternos que os recomiendo.

 

Cada vez que alguien cometa una falta contra ti, medita al punto qué concepto del mal o del bien tenía al cometer dicha falta. Porque, una vez que hayas examinado eso, tendrás compasión de él y ni te sorprenderás, ni te irritarás con él. Ya que comprenderás tú también el mismo concepto del bien que él, u otro similar. En consecuencia, es preciso que le perdones. Pero aun si no llegas a compartir su concepto del bien y del mal, serás más fácilmente benévolo con su extravío

Autor: Luisfer Romero

No se lo esperaba nadie. Jean-Marie Gustave Le Clézio, escritor francés de 68 años, es el nuevo premio Nobel de Literatura. En una polémica salpicada por conflictos entre miembros de la literatura norteamericana y la Academia Sueca, el galardón no ha caído en, como se pensaba, un estadounidense (yo mismo apostaba firmemente por Philip Roth), sino por un francés que sólo tiene relevancia en su país de origen. Engedahl, secretario de la Academia, había dicho hace un tiempo que “Europa es el centro geográfico de la literatura”, declaración que han calificado de absurda e ignorante. Luego rectificó diciendo que la elección del premiado no dependía en absoluto de la nacionalidad.

Le Clézio, mientras tanto, permanece “feliz y contento” ante una distinción que probablemente no preveía, y ha aprovechado para decir que “escribir es escuchar el ruido del mundo”. El jurado ha justificado su elección al afirmar que Le Clézio es “el escritor de la ruptura, que investiga la humanidad aparte de la civilización actual”.

Pero… ¿quién es Le Clézio?

Nació en Niza en 1940, aunque tiene una estrecha relación con las Islas Mauricio, a las que considera su verdadera patria. Irrumpió en 1963 con una novela que ganó premios y le consolidó como una promesa. Se tradujo en España como ‘El atestado’. A partir de los años 90 su figura literaria estaba más que reivindicada en Francia y en 1994 fue elegido el mejor escritor francés vivo. Otras obras importantes suyas, editadas en Español son: ‘El diluvio’, ‘La guerra’, ‘Le chercheur d’Or’, ‘Voyage à Rodrigues’, ‘Mondo et autres histoires’, ‘Desierto’, ‘Onitsha’, ‘Diego y Frida: una gran historia en tiempos de la revolución’, ‘La Quarentaine’, ‘Poisson d’or’.

Consecuencias

Me recuerda este caso especialmente al de Gao Xingjian, que ganó el nobel de Literatura en 2000. Las editoriales lucharon por adquirir derechos de sus obras, y editarlas cuanto antes. Lo mismo va a ocurrir ahora con Le Clézio, un autor que nadie conocía, en quien nadie había reparado, pero que ahora ocupará durante varios meses sitio preferente en las librerías. Y en Francia va a ser (más aún) un boom literario, claro.

Autor: Sergio Parra

El principal atractivo de este libro políticamente incorrecto reside no tanto en la solidez de sus postulados como en su capacidad de formular preguntas y en la audacia de sus respuestas. Freakonomics es una visión oblicua, eminentemente económica y pragmática, que explora el lado oculto de muchas de las cosas que nos afectan.

Por ejemplo, si los traficantes de drogas parecen tener tanto dinero, ¿cómo es posible que sigan viviendo con sus madres? ¿Qué es más peligroso: un arma o una piscina? ¿Por qué los padres negros ponen a sus hijos nombres que pueden perjudicar su futuro laboral? ¿El sumo es un deporte netamente corrupto? ¿Y el trabajo de profesor de escuela? ¿El aborto podría ser la causa principal del inaudito descenso de criminalidad de Estados Unidos?

Como vemos, todas son preguntas singulares, atractivas, incluso incómodas. Las respuestas lo son mucho más. Pongamos un ejemplo: ¿las medidas más estrictas de control de armas reducen la criminalidad? Ahí va un fragmento de lo que argumentan los autores, economista y periodista respectivamente:

 

Un arma trastorna el resultado de cualquier disputa. Pongamos que un tipo duro y un tipo no tan duro intercambian unas palabras en un bar, lo que conduce a una pelea. Para el tipo no tan duro es obvio que recibirá una paliza, así que, ¿para qué molestarse en pelear? La jerarquía permanece intacta. Pero si resulta que el tipo no tan duro posee un arma, tiene muchas probabilidades de ganar. En este escenario, la introducción de un arma puede conducir a un aumento de la violencia.
Ahora, en lugar del tipo duro y el no tan duro, imaginemos a una chica de instituto que ha salido a dar una vuelta por la noche cuando de repente se ve asaltada por un atracador. ¿Qué ocurre si sólo el atracador va armado? ¿Y si sólo la joven va armada? ¿Y si ambos van armados? Alguien que se opone a las armas puede decir que en primer lugar el arma ha de mantenerse alejada de las manos del atracador. El que las defiende podría decir que la chica de instituto necesita llevar un arma para perturbar lo que se han convertido en el orden natural de las cosas: los que llevan las armas son los malos. (Si la chica asusta al atracador, entonces la introducción de un arma en este caso produciría una reducción de la violencia). Cualquier atracador con mínima iniciativa seguro que va armado, porque en un país como Estados Unidos, con un floreciente mercado negro de armas, cualquiera puede hacerse con una. (…) Es probable que nuestro alto índice de homicidios se deba en parte a lo fácil que resulta acceder a un arma. En efecto, las investigaciones demuestran que esto es cierto.
Pero las armas no tienen toda la culpa. En Suiza, todos los hombres adultos reciben un fusil de asalto durante el servicio militar y se les permite conservarlo en sus casas. Proporcionalmente, Suiza posee más armas que cualquier otro país, y aun así es una de las naciones más seguras del mundo. Con esto, los métodos establecidos en Estados Unidos para mantener las armas alejadas de los criminales son, como mínimo, débiles.

 

El mayor escollo que debe afrontar Freakonomics es que intenta abordar asuntos muy complejos, en los que intervienen múltiples factores, en muy poco espacio. Los argumentos son sólidos y documentados, pero sucintos, lo cual deja al lector mínimamente inquieto con más preguntas sin responder y con la mosca detrás de la oreja.

Así pues, como dije antes, Freakonomics debe abordarse no como un manual esclarecedor de problemas sino como un espejo deformante capaz de hacernos ver las cosas desde ángulos que creíamos imposibles. Lo cual no es poco.

El ejemplo paradigmático de esta característica lo constituye la afirmación de que la legalización del aborto en Estados Unidos fue el principal responsable de la caída de la criminalidad. Se muestran muchos ejemplos, ristras de datos, estudios paralelos pero ¿realmente es así? A poco que uno investigue, encontrará enconadas controversias surgidas de esta afirmación, posibles errores de planteamiento (que a su vez el autor responde en sus propio blog), como tomar datos de arrestos absolutos en vez de arrestos per capita, etc. Es decir, la cosa no está cristalina (¿cuándo lo está?). Hay muchos matices (aunque puede que el aborto, en efecto, sea un factor muy a tener en cuenta). De modo que lo importante en Freakonomics es que te hace pensar y replantearte ideas que creías obvias y te provee de herramientas intelectuales para hacerlo luego con tus propias preguntas.

Y además es tremendamente entretenido y está plagado de anécdotas: ¿acaso no conocéis la historia del Listerine?

 

La publicidad también es una herramienta magnífica para crear sabiduría convencional. El Listerine, por ejemplo, fue creado en el siglo XIX como un potente antiséptico quirúrgico. Más tarde se vendió, destilado, como limpiador de suelos y como remedio contra la gonorrea. Pero no se convirtió en un éxito arrollador hasta los años veinte, cuando fue lanzado como solución a la “halitosis crónica”, lo cual por entonces constituía un oscuro término médico. Los nuevos anuncios de Listerine mostraban a hombres y mujeres tristes, ansiosos por casarse, pero a quienes daba asco el aliento a podrido de su pareja. “¿Puedo ser feliz con él a pesar de eso?”, se preguntaba una doncella. Hasta ese momento no se había considera que el mal aliento constituyera una catástrofe. Pero el Listerine se encargó de cambiar las cosas. Como apunta el profesor de publicidad James B. Twitchell, “el Listerine no creó tanto el enjuague bucal como la halitosis”. En sólo siete años, los ingresos de la compañía ascendieron de 115.000 dólares a más de ocho millones.

 

Sitio Oficial | Web de Freakonomics