Las consolaciones de la filosofía, de Alain de Botton
Noviembre 24, 2008

Autor: Sergio Parra
Carambolas de la vida, cayeron en mis manos dos libros con similares propósitos: el popularísimo Más Platón y menos Prozac, de Lou Marinoff, y el que es objeto de esta reseña, Las consolaciones de la filosofía.
El primero confieso que fui incapaz de acabarlo: trataba de arreglar el mundo con cuatro recetas demasiado elementales, tenía aspecto de autoayuda cogida por los pelos, era pretencioso, limaba algunas aristas para que todo encajara en su tesis, mostraba una arrogancia y una superioridad frente a los demás saberes un poco estomagantes… casi parecía un publirreportaje para dar trabajo a una nueva clase de profesional: el terapeuta filosófico.
El segundo, del infalible Alain de Botton, sin embargo, es mucho menos ambicioso pero también más juicioso y templado.
Lo que más me llama la atención de Las consolaciones de la filosofía, este modesto manual para enfrentarse a la vida con cierto bagaje intelectual (no lo confundamos con un libro de autoayuda aunque juegue en la misma liga), es su tremenda facilidad para simplificar las ideas filosóficas más abstrusas en narraciones asequibles para profanos. La imagen recuerda a la de un grupo de hormigas rojas actuando con voracidad metódica sobre el cadáver de un animal: al final sólo queda la osamenta, un armazón limpio de impurezas gracias a la infinita pedagogía del autor.
La primera parte del libro, que trata sobre la independencia de nuestras ideas y nuestras acciones y la natural tendencia de la gente al gregarismo, resulta especialmente conmovedora gracias al relato de Sócrates, que mantuvo sus convicciones hasta el final, conservando la serenidad incluso en el momento de tomarse la cicuta. Hasta su carcelero, tras compartir unas horas de charla con él, acabó lamentando que el mundo deseara eliminar de un plumazo a un hombre tan amable, lúcido y sensible. También era bastante feo, pero se le perdona.
Luego viene una segunda parte dedicada al dinero, las posesiones y la publicidad, usando el pensamiento estoico de Séneca como hilo conductor, poniendo en evidencia que tenemos unas concepciones peligrosamente optimistas sobre el mundo y sobre los demás.
Más tarde leeremos sobre la ineptitud, tanto social, como cultural e intelectual, de la mano de Montaigne, que era todo un especialista en narrar las miserias humanas, empezando por él mismo.
Del amor y sus tribulaciones se encargará Schopenhauer. Y de las dificultades en general, Nietzsche, quien opinaba que la felicidad no era la ausencia de conflicto sino el saberse enfrentar con inteligencia al conflicto, entresacando lecciones que más tarde nos permitirán evitar otros.
Y es que Las consolaciones de la filosofía es un delicioso libro que arrojará un poco de luz a aquellas cuestiones que suelen obstaculizar el buen vivir, todo ello de una forma amenísima, franca, de un autor que no gusta enredar con conceptos ininteligibles y que, por el contrario, tal y como sostenía Montaigne, cree que la claridad expositiva y la diversión no están reñidas con la rigurosidad.
Ahí va un fragmento de la parte dedicada a Montaigne a propósito de las pedorretas:
Montaigne había oído hablar de un hombre que sabía tirarse pedos a voluntad y en cierta ocasión había organizado una pedorrera como acompañamiento métrico de un poema. No obstante, semejante alarde de control no contraviene su observación general en virtud de la cual nuestro cuerpo se lleva la palma sobre nuestra mente y nuestro esfínter es sumamente “indiscreto y escandaloso”. Montaigne conocía incluso un trágico caso de un trasero “tan turbulento y rebelde que tiene a su amo sin aliento tirándose pedos constantemente y sin remisión desde hace cuarenta años, llevándole así a la muerte.
Editorial Taurus, 2001
295 páginas
Una nueva mente’ de Daniel H. Pink
Noviembre 18, 2008
Autor: Paolo Fava
Sobre economía y empresa hay mucho de lo que hablar en una época de cambios e incertidumbre, y es de esperar una proliferación de literatura sobre la materia. En este sentido Una nueva mente del gurú de la nueva economía Daniel H. Pink no es tanto una solución para la crisis, a la que ni siquiera se asoma, como una propuesta de cambio radical de paradigma. Frente a una industria cuyo principal valor es la productividad, Pink apuesta por la creatividad y los valores como principal fuente de riqueza.
Es fácil entender como Pink ha conseguido convertirse en superventas. Su estilo es ameno, directo y didáctico. No recurre a tecnicismos y en realidad se hace agradable de leer incluso para personas sin la menor inquietud por la economía. Es un diagnóstico social sobre los ciudadanos de la Era de la Información que, como contrapartida a su campechanía, peca en ocasiones de simplismo. Este es un libro para gente de acción que busca soluciones útiles e inmediatas; reclama más humanidad, pero le deja el Humanismo a otros.
Pink hace comenzar su reivindicación de la creatividad con una exposición de los hemisferios cerebrales, izquierdo y derecho. El primero fracciona la información mientras el segundo procesa conjuntos y conjeturas. Tal y cómo lo expresa brillantemente el autor: El lado derecho es la imagen mientras que el izquierdo son las mil palabras.
Pink nos hace ver que la era industrial ha privilegiado el conocimiento de tipo izquierdo: rigurosidad matemática, producción en cadena, utilidad y eficacia. Sin embargo estos rasgos de comportamiento se quedan obsoletos en la Era de la Información debido a sus tres As: Abundancia, Asia y Automatización. Los dos últimos conceptos son bien conocidos: un ingeniero u obrero indio hará el mismo trabajo que un occidental por la mitad de dinero, mientras que una máquina lo hará por la déciman parte. La Abundancia se refiere al exceso de oferta en la sociedad de consumo: como ya no se puede vender más, habrá que vender mejor.
Es una economía de nuevos valores la que propone Pink para hacer frente a estos tres factores. Y son precisamente los que dependen del hemisferio derecho. Valores como la estética, en productos que aporten un añadido simbólico a su poseedor; como la empatía, hacer recurso a la sentimentalidad en las relaciones interpersonales incluso en campos tan técnicos como la medicina; o el juego y la risa, dar al mundo de los negocios un sentido lúdico que no implique necesariamente superficialidad.
Pink no es un utópico: se esfuerza en demostrar sus postulados con ejemplos reales, con su propia experiencia y ofrece toda clase de guías al lector en forma de ‘ejercicios prácticos’ para desarrollar esta ‘nueva mente’. Sin embargo leerlo bajo el prisma de la actualidad le hace parecer un optimista fuera de órbita. Algunos ejemplos de empresas citados por haber adoptado el ‘enfoque derecho’, como British Airways o General Motors, están entre los protagonistas de la crisis; es insólito, por otra parte, que no le dedique una sola línea a Google, sin duda el ejemplo más afortunado de esta filosofía.
No se puede disentir con Pink cuando propone una economía de nuevos valores, y uno está incluso dispuesto a aparcar el escepticismo (no es un libro para escépticos) cuando nos habla de poetas en los comités de dirección. Sin embargo es difícil compartir su entusiasmo en pleno horizonte negro de despidos masivos y quiebras. Esto no quiere decir que Pink esté equivocado, al contrario, puede que haya dado con las claves para empezar de nuevo y no cometer los mismo errores. Pero es evidente que este libro fue escrito en y para otra época más despreocupada, una que quedó definitivamente atrás hace apenas seis meses.
‘Una breve historia de casi todo’ de Bill Bryson
Noviembre 10, 2008

Autor: Sergio Parra
Cuando ya se han leído un buen puñado de ensayos de divulgación científica, uno empieza a huir de los libros generalistas, aquéllos que tratan de dar una visión demasiado superficial de las cosas, sin buscar nuevos finisterres que cubrir. Porque los libros generalistas, aquéllos que tratan de abarcar casi todas las áreas del conocimiento científico, tropiezan (es normal) en lugares comunes. A la larga acabas leyendo las mismas afirmaciones una y otra vez.
Pero Bill Bryson es diferente. Ha conseguido explicar lo que figuraría en cualquier libro de texto de ciencias del colegio de una manera totalmente nueva, divertida y apasionante. Por ejemplo, después de haber terminado esta lectura me doy cuenta de que apenas sabía cómo funcionaba realmente una célula. Sí, todos hemos visto los clásicos dibujos didácticos de la célula en nuestros libros del colegio. Todos hemos leído el funcionamiento esencial de la célula. Pero todo ello lo hemos olvidado o lo recordamos como un estomagante manual de instrucciones de algún electrodoméstico alemán. Éramos incapaces de imaginar cómo era la vida de una célula, salvo los que habíamos visto Érase una vez la vida, que la imaginábamos como un microcosmos de personajes de dibujos animados, lo cual puede ser muy entretenido pero en absoluto aleccionador.
Y sólo estoy mencionando la punta del iceberg de este grandioso libro, tanto por sus hechuras como por su contenido.
Y es que Bryson es uno de los más conocidos y amenos autores británicos de libros de viajes, y eso se nota. Una perfecta mezcla de Carl Sagan con toques de humor inglés. Como él mismo advierte en el prólogo de Una breve historia de casi todo, de joven nunca veía saciadas sus verdaderas dudas cuando miraba sus libros de texto de ciencias. Podía ver, por ejemplo, las capas internas de la tierra, el núcleo de magma… pero su manual no ahondaba en los interrogantes que cualquiera se plantearía ante semejante imagen: ¿cómo es posible que no notemos el calor de ese infierno que hay bajo tierra, por ejemplo?
Con esta actitud casi infantil de preguntárselo todo aunque parezca tonto, Brysoncondensa trece mil millones de años de historia de una forma tan divertida, con tantas anécdotas y guiños al lector, que uno consume las páginas a una velocidad endiablada. Apenas me cabían las anotaciones en los márgenes de las páginas. Y es que, como decía Jorge Wagensberg, no hay que confundir rigor científico con rigor mortis. No en vano, Una breve historia de casi todo ya es todo un bestseller en diversos países, y el otro día pude ver una nueva edición ilustrada, gigantesca, lujosísima, no apta para todos los bolsillos, que parecía una Biblia, la Biblia antioscurantista.
En definitiva, más de 500 páginas que me han sabido a poco, a poquísimo, y que he disfrutado como si fuera la primera vez que leía un ensayo sobre asuntos generales de ciencia. Un libro que altera un poco las coordenadas y las abscisas (empleando una metáfora viajera) de nuestras ideas, que ya es mucho.
Lo recomiendo sin reservas, de la primera a la última página.
Bienvenido. Y felicidades. Estoy encantado de que pudieses conseguirlo. Llegar hasta aquí no fue fácil. Lo sé. Y hasta sospecho que fue algo más difícil de lo que tú crees. En primer lugar, para que estés ahora aquí, tuvieron que agruparse de algún modo, de una forma compleja y extrañamente servicial, trillones de átomos errantes. Es una disposición tan especializada y tan particular que nunca se ha intentado antes y que sólo existirá esta vez. Durante los próximos muchos años –tenemos esa esperanza-, estas pequeñas partículas participarán sin queja en todos los miles de millones de habilidosas tareas cooperativas necesarias para mantenerte intacto y permitir que experimentes ese estado tan agradable, pero tan a menudo infravalorado, que se llama existencia.
Por qué se tomaron esta molestia los átomos es todo un enigma. Ser tú no es una experiencia gratificante a nivel atómico. Pese a toda su devota atención, tus átomos no se preocupan en realidad por ti, de hecho ni siquiera saben que estás ahí. Ni siquiera saben que ellos están ahí. Son, después de todo, partículas ciegas, que además no están vivas. (Resulta un tanto fascinante pensar que si tú mismo te fueses deshaciendo con unas pinzas, átomo por átomo, lo que producirías sería un montón de fino polvo atómico, nada del cual habría estado nunca vivo pero todo él habría sido en otro tiempo tú.) Sin embargo, por la razón que sea, durante el período de tu experiencia, tus átomos responderán a un único impulso riguroso: que tú sigas siendo tú
‘Hoy, Júpiter’ de Luis Landero
Noviembre 4, 2008

Autor: Sergio Parra
Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948), trabajó de muy joven en toda clase de oficios para pagarse los estudios, en especial como profesor de guitarra clásica desde los dieciséis hasta los diecinueve años (experiencia que trasladaría de algún modo a su novela El guitarrista). Fue profesor de Lengua y Literatura españolas en un instituto de bachillerato de Madrid y actualmente imparte clases en la Escuela de Arte Dramático de esta misma ciudad. Con su ópera prima, Juegos de la edad tardía, que fue rechazada en principio por todas las editoriales a las que presentó el manuscrito, fue Premio de la Crítica y Nacional de Narrativa en 1990.
Como sucede siempre con Luis Landero, la que es su última novela no me ha decepcionado en absoluto. Más al contrario: parece que con los años, Landero ha conseguido perfilar todavía más su estilo. Lástima que sea un escritor poco prolífico, pero, teniendo en cuenta que sus textos destilan una perfección estilística y una capacidad evocadora que roza la hiperestesia, comprendo la demora entre libro y libro. A Landero no puedo evitar imaginármelo dedicándose en cuerpo y alma a cada página, a cada frase, a cada palabra, con una minuciosidad de cirujano.
La historia es aparentemente sencilla y hierática, como la mayoría de historias de Landero, pero no importa, resulta tan apasionante y adictiva como el mejor folletín: de hecho, tuve que leerme dos veces el libro, uno para resolver la trama, que me tenía en vilo; otra para paladear la musicalidad de las palabras.
Y es que, a pesar de estar leyendo casi exclusivamente acerca de sentimientos y disquisiciones malsanas, donde no son relevantes las acciones sino los pensamientos y las emociones que preceden o suceden a las acciones, uno no puede evitar saber un poco más a cada página, como si de algún modo buceara en las claves de su propias zozobras. Además, Landero posee una rara cualidad que conecta perfectamente conmigo, consiguiendo siempre que sienta que si dirige a mí o alguien como yo, logrando ordenar pensamientos que siempre habían estado dentro de mi cráneo pero que nunca había dispuesto como él me insta a que lo haga. Es muy difícil encontrar a un autor con el que sintonices a semejante nivel, así que declaro que no soy objetivo cuando me refiero a su obra.
En Hoy, Júpiter, se narran las mismas obsesiones que persiguen todas las novelas de Luis Landero: el ansia por triunfar; el miedo a no ser reconocido (socialmente, amorosamente) por los demás; el terror a descubrir que has dilapidado tu existencia y, más terrorífico aún, el creer que todavía tienes tiempo para llevar a cabo todo lo que no tuviste oportunidad de hacer aunque te encuentres en las postrimerías de tu vida; el vislumbre de que bajo una apariencia gris y anodina se encuentra una criatura llamada a ser especial. En esta ocasión, sazonando todas estas obsesiones, destaca otra más: el odio.
Además, Hoy Júpiter es una novela dual: dos tramas distintas se van alternando hasta que, en la parte final, conectan de tal forma que alteran por completo todo lo que anteriormente habíamos leído.
Para no pecar de lisonjero, finiquito aquí mismo esta jaculatoria y paso a transcribir un fragmento escogido al azar (o no tanto):
Tomás no supo qué decir. “¡Fantasías!”, pensó. “Ya no me admira. Ya no logro seducirla con mi saber y mis palabras”. Y Tomás Montejo se sintió entonces más solo y desvalido que nunca, sin Marta, sin la tesis, sin un futuro prometedor, sin nada de lo que le habí¬a otorgado durante años un lugar en el mundo. Entonces miró el pasado, hizo balance, y le pareció que su vida habí¬a sido superflua. Sus logros, sus anhelos, eran ahora un montón de ruinas, ni siquiera nobles. Y si miraba hacia delante, veía también un paisaje yermo. Es verdad que le quedaba por jugar una carta, la mejor de todas, que era escribir ficciones. Su verdadera y mÁs secreta ambición. Pero eso iba para largo, y aÚn estaba por ver si tenía o no talento de escritor. “No debía haberme casado”, se dijo. “Marta y yo somos muy distintos. Somos dos mundos. Y ella ha fingido que le interesaban mis cosas, mis proyectos, mi pasión literaria, pero quizÁ todo ha sido cálculo e impostura. Un modo de seducirme y nada mÁs”. Añoró la soledad, donde se forjan los hombres de carácter. El matrimonio le había reblandecido la vocación, y lo habí¬a hecho conformista y ridículamente feliz.